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Serenata en un bus urbano ‘Los sabanales’ en la fría sabana de Bogotá – Noticias !


Por Juan Rincón Vanegas

juanrinconv@hotmail.com

Un viaje para conocer a mi nuevo nieto cachaco me permitió vivir de cerca el más grande sentimiento vallenato, ese que no tiene barreras y se expresa en medio del bullicio de la capital colombiana.

Todo empezó a las 7:25 de la noche del sábado 20 de agosto, cuando estaba a punto de jugarse la final del Campeonato Mundial de Fútbol Sub 20. Cuatro niños se subieron al bus que cubría la ruta desde el barrio Berlín (localidad de Suba), con destino a la frecuentada Zona Rosa, con la única finalidad de cantar vallenatos para ganarse unas monedas.

“Buenas noches, estimados pasajeros, somos niños residentes en el barrio San Carlos y venimos a cantarles unas canciones del folclor vallenato. Esperamos su atención, y a quien le agrade, les pedimos nos recompense con unas moneditas”, dijo el acordeonero del grupo.

Sin demora, el acordeonero, quien interpretaba un instrumento de juguete, comenzó a cantar la canción ‘Los sabanales’, después ‘La plata’ y, antes de que ellos pasaran a recoger las monedas, un emocionado pasajero gritó: “Toquen otra”. Y sin pensarlo, interpretaron ‘Lirio rojo’, completando en línea tres canciones del maestro Calixto Ochoa Campo.

Cuando llegan las horas de la tarde

que me encuentro tan solo, y muy lejos de tí,

me provoca volvé a los guayabales

de aquellos sabanales donde te conocí.

 

Si la vida fuera estable todo el tiempo,

yo no bebería, ni malgastaría la plata.

 

Yo tenía mi lirio rojo bien adornado,

con una rosita blanca muy aparente.

Quién lo creyera, en la voz y los instrumentos que tocaban estos pequeños estaba la melodía y la letra de tres canciones del Rey Vallenato de 1970, quien será homenajeado en el 45° Festival de la Leyenda Vallenata.

Después de regalarle las tres canciones al ‘público pasajero’, y cuando el acordeonero, líder del grupo infantil, pasaba por mi puesto, le obsequié dos mil pesos y le hice varias preguntas.

¿Has oído hablar de Calixto Ochoa?

“De ese señor no conozco nada”. Entonces le conté que era el compositor de las canciones que acababa de tocar y cantar. “No sabía. Son bonitas y siempre las canto”.

¿Cómo te aprendiste esas canciones?

“Con un vecino que se sabe hartos vallenatos”.

¿Hace cuánto tiempo cantan en los buses?

“Hace como un año”.

¿Y por qué lo hacen?

“Porque nos gusta, y con esto conseguimos unas monedas para la comida de la familia”.

¿Cuántas canciones se saben?

“Como unas doce, nada más”.

¿Siempre cantan vallenatos?

“Si, eso es lo que está de moda en Bogotá”.

¿Y sus padres qué dicen de esto?

“Nada”.

¿Quién te enseñó a tocar ese acordeón de juguete?

“Yo aprendí sólo, me ponía y le sacaba notas”.

¿Te gustaría ser acordeonero de verdad, verdad?

“Si, pero necesito que me regalen un acordeón de los que toca Juancho de la Espriella, de esos que salen por la televisión”.

Después de la última respuesta, el mismo pasajero que les pidió que cantaran otra canción, les regaló unas monedas, les dijo que cantaban bonito y, además les aconsejó que no descuidaran el estudio.

Entonces, el chofer, quien parecía concentrado en su oficio, desde su cabina llamó la atención y anotó: “Niños, ya está bueno, váyanse en otro bus para que les rinda y, gracias por alegrarnos la noche con esos vallenatos”.

Lo que no supieron

Cuando los ‘vallenateros del transporte urbano’ estaban a punto de bajarse para continuar en su tarea de difundir a su manera la música del Valle de Upar, el acordeonero me dijo: “Señor, gracias por el billete y Dios lo bendiga”: No había terminado el sincero agradecimiento cuando el niño cajero, el de menor edad, manifestó riéndose: “Y cómo no, si nadie da billetes, solo monedas”.

Que mejor regalo que las canciones y las sonrisas de estos menores de edad, quienes en la fría capital del país interpretan canciones vallenatas que brindan el calor suficiente para recordar esa música que se volvió importante desde el corazón de Macondo, Valledupar.

Lo que los niños músicos no supieron fue que en ese preciso momento, en la memoria del hombre que venía feliz de conocer a su nieto, Sebastián Rincón Morón, comenzaba a gestarse una crónica.

Una crónica para dibujar con letras y sentimiento la alegría de unos menores de edad que utilizan el acordeón, la caja y la guacharaca para darle rienda suelta a su talento y difundir la música vallenata, tocando y cantando ‘Los sabanales’, la célebre canción que compuso Calixto Ochoa pensando en una mujer que adornó su pensamiento en un momento en que su corazón pedía los primeros auxilios del amor.

Cuando llegan las horas de la tarde

que me encuentro tan sólo, y muy lejos de ti

me provoca volvé a los guayabales

de aquellos sabanales, donde te conocí.

 

Mis recuerdos son aquellos paisajes

y los estoy pintando exactos como son

ya pinté aquel árbol del patio

que es donde tú reposas cuando calienta el sol.

 

Vivo aquí, pintando el paisaje sabanero

porque allí, es donde están todos mis recuerdos.

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